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2008-05-07

Un día tonto lo tiene cualquiera...

Y si ese cualquiera soy yo, entonces pasa con frecuencia.

Anoche me quité toda la ferralla de las orejas, pensando aquello de “Mañana por la mañana me lo vuelvo a poner todo antes de salir de casa”. Pero claro, eso es en teoría; en la práctica, cómo no, me he ido tan feliz, sin darme cuenta de que me pesaban de menos los lóbulos auriculares (qué potito me ha quedado, oyes...), hasta que iba a mitad de camino, pedaleando en la bici de cada día. Y no era plan de volver hasta casa a buscar los pendientes de marras. Ni tenía tiempo, ni fuerzas, ni ganas.

Pedalea que te pedalea, llego hasta el Carrer Tarragona, donde habitualmente suelo pillar el Metro. Y claro, pedalea que te pedalea, y con la mente todavía medio en los mundos de Yupi, no me di cuenta de que aquello que dejaba atrás era mi boca de metro, y eso que había dejado atrás a continuación no era otra cosa que mi parada de Bicing.

Como iba con ánimo (una vez empiezo a tirar millas, mis piernas se resignan y dejan de quejarse), decidí seguir hasta Estació de Sants, y dejar allí la bici en favor del Metro.

Llego hasta la Plaça dels Països Catalans, dejo la bici, entro en la estación, y me armo de fuerzas para recorrer el largo pasillo que lleva hasta la... un momento, ¿dónde está la línea verde (Línea 3 para los puristas)? Vale, me acabo de recorrer uno de los pasillos más largos que existen en las estaciones de Metro de Barcelona, y tenía que haber tomado el que se abría a la derecha justo antes de éste.

Pues nada, a desandarlo, coger el correcto, y posicionarme en el... ¡¡ostras, Pedrín!! ¡Si es que soy corto hasta la exageración! Me he ido a meter en la estación más utilizada de todo el recorrido, y el andén está en estos momentos más superpoblado que México DF en hora punta.

Llega el tren, y procuro meterme en él, sin estrujarme demasiado como para asfixiarme. Llegados a mi parada, me tomo con calma la operación Salida, porque tal como iba en el tren, no he podido situarme en cabeza de pelotón, lo que me dejaba con dos opciones: esperar a que salga el grueso del pasaje (y no, no me refiero a un señor obeso), o dejar que dicha turba de gente me arrastre hasta la salida. Opto por lo primero. Ahora, a por el TramBaix.

Llego al andén cuando justamente acaba de salir un tranvía, a juzgar por la ausencia de gente esperando para abordar el siguiente. Genial. Me dedico a hacer un par de Sudoku en la PDA, y enseguida se presenta el Tram.

El resto de la mañana va transcurriendo sin incidentes, pero estoy inquieto, sin saber muy bién cuál será el próximo despiste que descubra haber tenido cuando ya sea demasiado tarde.

A ver si canalizo algunas good vibrations.

Besucos

2008-05-06

Ironías

Situación: El TramBaix, parada de Numància; una señora entrada en años se dispone a salir del vagón, tan deprisa como le permite la fragilidad de su cuerpo y la inseguridad que la atormenta como consecuencia de dicha debilidad. En el exterior del vagón, una mujer se impacienta y le impreca de mala manera por su lentitud.

A continuación, cuando la anciana, visiblemente alterada por el mal humor de la otra mujer, consigue abandonar el vagón, la otra mujer, armada de su arrogancia, entra en el vagón, con un niño pequeño en un cochecito, otro poco mayor pisándole los talones, y otra señora que asumo sería su amiga, su madre o su hermana. A saber.

Esta mujer tan malhumorada ha demostrado un comportamiento típico de “ver la paja en el ojo ajeno”, sin tener en cuenta que se estaba metiendo una enorme viga en el propio.

Me explico:

  1. Esta mujer se ha empeñado en abordar el Tram por su extremo posterior, típicamente el más estrecho, en lugar de cualquiera de los cuatro accesos de mayor envergadura de que dispone el convoy, sin importarle que dicho sector del vagón estuviera considerablemente lleno.

  2. No ha tenido ningún reparo en empujar, o incluso atropellar, con el cochecito del niño, a más de un usuario de los que allí nos encontrábamos.

  3. Su falta de respeto la ha hecho todavía más patente la desbandada que se ha producido en cuanto se han abierto las puertas del Tram en la siguiente estación, ya que la señora en cuestión llevaba consigo algo, posiblemente algún pañal recien cambiado, o uno de los niños, que desprendía un intenso olor a heces.


Reflexión: Si queremos exigir que los demás nos hagan la vida algo más fácil, tal vez deberíamos empezar por revisar qué estamos haciendo nosotros para hacérsela más llevadera a quienes nos rodean.

Besucos