Flanes

Llevaba años sin probar un flan (bueno, casi sin probar un flan, que alguno había caído). Y el otro día mi suegra (bueno, la madre de mi Niño), me ofreció uno. Y lo acepté.
Desde aquel momento, la buena mujer no ha parado de hacer flanes, ni yo de devorarlos con auténtica devoción. Lo reconozco: estoy enganchado.
Y si además tengo la suerte de llegar a casa cuando ella los está preparando, o bien ha terminado poco antes, mi delirio es todavía mayor: me como un par antes de que se enfríen del todo, pues es cuando más deliciosos los encuentro.
Y es que, al fín y al cabo, soy hombre de muchos vicios.